Trabajos clásicos han confirmado la relación entre el estrés y
la amenorrea. Pero también se han implicado numerosos factores, incluyendo
factores ambientales, rasgos de la personalidad, alteraciones psicológicas,
ejercicio físico, bajo peso corporal, y pérdida de peso.
Algunas teorías defienden que algunas mujeres estarían
predispuestas por sus características psico-biológicas a una activación
prolongada de los procesos neuronales centrales en respuesta a problemas
corrientes. En ellas, la combinación de una deprivación energética provocada por
la restricción calórica o nutricional o el ejercicio físico excesivo (atletas, gimnastas, bailarinas) o incluso
el estrés psicosocial provocado por marcarse objetivos elevados e irreales, la
autopercepción negativa o la presión por comportarse de forma correcta,
actuarían de forma sinérgica provocando una variedad de alteraciones
hipotalámicas entre las que se incluye la alteración de los pulsos de GnRH.
Existen estudios que demuestran que en pacientes de similares
características, con el mismo tiempo de evolución del trastorno alimenticio y
similar recuperación del índice de masa corporal, aquellas que aún muestran una
actitud más hostil y problemática hacia la comida permanecen amenorreicas
durante más tiempo que las que normalizan su postura frente a la ingesta. La importancia de esos factores psicológicos ayuda a entender
por qué persiste la amenorrea en aquellas pacientes diagnosticadas de un
trastorno de la conducta alimentaria que han recuperado su peso inicial o
incluso lo han superado.

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