En realidad, ni siquiera nosotros sabemos exactamente cuánta variedad existe en el cáncer de mama. Sí sabemos que lo forma un conjunto de enfermedades muy distintas entre sí. Tienen distintas bases biológicas y moleculares, lo que a su vez supone dos cosas: que el comportamiento del tumor es muy diferente, algunos son más agresivos y provocan más metástasis o recaídas que otros, y también que las terapias no les afectan de la misma manera.
Aproximadamente, dos de cada tres casos son del tumor 'hormonosensible', que si se detecta a tiempo y tiene las características adecuadas puede que no requiera un tratamiento de quimioterapia, sino un tratamiento a base de estrógeno. Un 15% adicional es triple negativo, para los que aún no existen terapias de vanguardia. Tenemos que seguir tratándolos con quimio, que tiene las pegas de los efectos adversos y una eficacia menor. El 20% restante son, mayoritariamente, los denominados HER2 positivos, una clase de tumor muy agresivo y con tendencia a metastatizar -a invadir otros órganos- que, sin embargo, cuenta con un tratamiento de alta eficacia y pocos efectos secundarios. Si se detectan precozmente, casi el 90% de las pacientes se curan y luego no recaen nunca, y las que recaen consiguen supervivencias muy prolongadas. Antes tenían muy mal pronóstico, pero ahora, incluso en casos avanzados, igual no curamos pero sí logramos un buen control. Hace diez años, todo esto era impensable.
En parte porque es muy común -es, de lejos, el más habitual en mujeres- y porque cumple con ciertas características biológicas, el cáncer de mama se ha convertido en la patología en la que convergen buena parte las grandes terapias oncológicas de vanguardia. Fue la punta de lanza de las nuevas terapias moleculares. Contra los tumores HER2 se probaron, por primera vez, fármacos capaces de atacar al cáncer sin apenas afectar al resto del cuerpo -la quimioterapia mata, básicamente, a todas las células que se reproducen, sean cancerosas o no.
Poco a poco, además, se incorpora la inmunoterapia, una estrategia que consigue que las propias defensas del cuerpo identifiquen al tumor como un agente nocivo y luchen contra él. Para 2016 se espera un medicamento que prolongará la supervivencia de los casos más avanzados y de peor pronóstico.
Pero los tratamientos no han sido lo único que ha cambiado. Saber qué tipos de tumor existen no vale si no pueden identificarse de forma eficaz. Hemos vivido una importantísima evolución técnica en la última década. Las mamografías son mejores, y las ecografías también. Cada vez es más habitual, utilizar la tomosíntesis, una técnica que produce imágenes tridimensionales a partir de mamografías. Y nos permite identificar lesiones que antes pasaban desapercibidas. Incluso la cirugía ha cambiado. Hacemos menos mastectomías, reconstruimos más. Es una enfermedad grave, pero nunca la habíamos tratado tan bien.
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