Cuando empezaron a aparecer en los años 70 las mamografías, fuera de la cirugía había pocos tratamientos que mejorasen los resultados. Entonces, cualquier técnica diagnóstica que mejorase o adelantase la cirugía, tenía un impacto en la supervivencia. Lo que sucede ahora es que esta enfermedad en estadios más tardíos sigue teniendo un buen pronóstico y altas tasas de curación porque hay acceso a tratamientos eficaces.
También hay que hacer referencia al beneficio indirecto de hacer mamografías, porque aunque el diagnóstico precoz no impacte en la supervivencia, sí que lo hace en el esfuerzo terapéutico. No es lo mismo un tumor de un centímetro, al que tú le haces una cirugía conservadora y una radioterapia, que uno de cuatro centímetros que además sabes que va a llevar quimioterapia y, en muchos casos, terapias dirigidas. Esto supone un ahorro de costes y, sobre todo, “en el sufrimiento de la mujer”.
El estudio refleja cosas que ya empezamos a intuir, y es que el impacto de la mamografía en la supervivencia, en análisis globales, se va reduciendo en esta última década. Pero no es porque esta prueba no sea relevante, sino porque han mejorado mucho los tratamientos añadidos al diagnóstico. Así, la mamografía ya no es un arma tan válida para modificar la historia natural en cuanto a supervivencia global, pero sí es un arma muy eficaz para que no haya que dedicar tantos recursos al tratamiento.
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