
Voy a contaros con todo cariño, en este último post del Blog después de más de ciento ochenta mil visitas, cómo he vivido en primera persona la especialidad de Obstetricia y Ginecologia en los últimos 45 años. Creo que era mi obligación ofreceros una perspectiva de los cambios experimentados desde entonces, aunque teniendo en cuenta que las mujeres a día de hoy son las que siguen pariendo, que el parto normal sigue ocurriendo como siempre a través de la vagina y que aunque muchas se crean que siguen siendo jóvenes a los cuarenta y pico para poder ser madres, la biología no perdona y los ovarios envejecen antes que la piel y las cabezas.
Después de aprobar el MIR elegíamos plaza de residente en el Hospital Puerta de Hierro. Mi destino fue la antigua Residencia Sanitaria Onésimo Redondo de Valladolid, hoy Hospital del Rio Hortega, siendo Jefe de Servicio el Dr. D. Epifanio Marina. Fue la primera promoción de 4 años. Al menos estaba en casa porque la precaria economía familiar siendo el mayor de 5 hermanos, no me permitía salir fuera.
Recuerdo que completamente acongojado, la entrada fue triunfal. Entonces no se nos acogía con los brazos abiertos como ahora, sino que incluso algunos de los adjuntos jóvenes que se suponían fuesen más cercanos, nos recibían como la última basura del día y así nos lo hacían saber a Pepe Dueñas y a mí. Si no te buscabas la vida por tu cuenta, nadie te enseñaba nada y encima te llevabas el chorreo de turno, sobre todo si te habías aliado con el bando contrario (siempre había 2 bandos). Fue una mezcla de nervios, ilusión y desconocimiento de un trabajo, que no tenía nada que ver con lo estudiado en la Facultad, que se paliaba con buena actitud, paciencia, estudios y muchas guardias.
La Especialidad ha cambiado mucho desde entonces, en que se podía acceder a la historia completa de la paciente solo con pedirla al archivo, hasta ahora en que tenemos que pedir llaves y claves, para acceder solo por partes a la misma. El médico ha dejado de tener la relevancia de entonces, no sé si para bien o para mal. Antes se tenía más confianza y respeto hacia nuestra praxis, desde todas las instancias, direcciones, pacientes y sociedad. Ahora eres uno más dentro del engranaje de los equipos.
La Medicina defensiva atenaza la libertad del médico y las Leyes de Protección de datos han contribuido a dificultar muy mucho nuestra práctica diaria. Por el contrario, la aparición de protocolos y guías basadas en la evidencia la han facilitado, en un proceso imparable que nos llevará a morir en la tecnología y la inteligencia artificial que lo cambiará todo en poco tiempo y que ya sabe muchísimo más que el más inteligente de nosotros, pero a mi ya no me tocará de lleno sino de refilón y como paciente.
Y no solo ha cambiado por la normativa legal, sino sobre todo los avances tecnológicos, a nivel de ecógrafos y endoscopias, de la informática y por la aparición de nuevas subespecialidades alejadas de nuestro ser como obstetras (neurosonografía, ecocardiografía dinámica...) y el abandono de otras más nuestras y más cercanas como la citología que siempre nos perteneció pero que luego se la cedimos a Anatomía Patológica. Entonces conocíamos a nuestras pacientes micro y macroscópicamente.
Recuerdo aquellos ecógrafos, el Vidoson, que ocupaban toda una habitación y eran únicamente manejados e interpretados por un médico que tenía la llave del mismo y aquellas indescifrables escalas de grises que solo servían para saber si era un embarazo single, si estaba vivo y la estática fetal, que afortunadamente pasaron a la historia. Tampoco se monitorizaban como ahora todos los partos, no os creais. Caldeyro Barcia propugnaba monitorizar solo los de alto riesgo porque no había certeza de que se mejorara la mortalidad perinatal. Pero claro, ahora la mayoría son de alto riesgo.
La asistencia a los partos de nalgas era habitual incluso por las matronas más veteranas y con ellas aprendí (hasta que apareció el dichoso informe Hannah). Estaban proscritas las versiones cefálicas externas por el riesgo de desprendimiento placentario. Hacíamos episiotomías con analgesia pudenda (no había epidural) en el 100% de los partos siguiendo la teoría de DeLee para evitar anfractuosos desgarros y era una mala praxis parirlas en la cama. De hacer incisiones infraumbilicales en todas las cesáreas, se comenzaron a practicar a regañadientes los Pfannenstiel y a simplificarlas después con las cesáreas ligth de Misgav Ladach.
Poníamos tratamientos oncológicos nosotros mismos porque no existía la Oncología médica y se practicaban las cirugías más radicales tanto en mama como en vulva, cervix y ovario, ya que no había lo del ganglio centinela. Los informes los hacíamos con dictáfono, para que los copiara la administrativa pero luego con los ordenadores cedimos para hacerlos nosotros mismos. Ah, y los tratamientos hormonales de la menopausia estaban contraindicados por el riesgo de cáncer, por el otro dichoso informe WHI. Y así podíamos seguir con cada aspecto de la especialidad… Y había menos papeleo a nivel de consentimientos informados y autorizaciones. Si se ponían en manos de un médico se suponía que la profesionalidad prevalecería y no se ponía en duda.
Pero realmente y en general va cambiando todo a mejor, salvo lo de siempre: la relación medico/paciente. De verdad que antes mirábamos a la paciente de arriba a abajo, a su forma de moverse cuando entraba por la puerta, hacíamos mediante palpación las maniobras de Leopold e incluso pelvimetrías externas e internas, medíamos sus diámetros bitrocantéreos y conjugados diagonales y hasta nos fijábamos en el sensual rombo de Michaelis. Palpábamos y explorábamos manualmente y eso originaba cierto vínculo. Ahora, la pantalla del ordenador no nos permite casi mirarla a la cara y la sonda del ecógrafo se ha ocupado del resto.
Esperemos que la IA lo solucione lo antes posible.
Como siempre digo en cada despedida: “Primum non nocere”.
Con todo mi cariño y gratitud para todos los que habéis seguido este Blog,
Dr. Germán Merino Martín
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